El debate científico sobre los orígenes de la religión comenzó en serio en el siglo XX. La indagación se nutría del convencimiento, surgido tras la Ilustración, de que todas las preguntas, incluso las relativas a lo divino, podían responderse mediante el análisis razonado y el escrutinio científico. Era la época de Charles Darwin y su teoría de la evolución. Conceptos tales como <<selección natural>> y <<supervivencia del más apto>> -la idea de que ciertos rasgos adaptativos pueden proporcionar a los organismos que los poseen más oportunidades de sobrevivir en su hábitat y, por lo tanto, de transmitir dichos rasgos a sus descendientes- gozaban ya de gran aceptación en el campo de la biología y cada vez se usaban más para explicar el comportamiento económico y político (a veces con consecuencias devastadoras). ¿Por qué no, pues, recurrir a Darwin para explicar la religión?
Lo que sigue siendo innegable es que las creencias religiosas están tan extendidas que deben considerarse parte elemental de la experiencia humana. Somos Homos religiosus, no porque deseemos credos o instituciones religiosas, ni por nuestra devoción a divinidades y teologías concretas, sino por nuestro afán existencial de trascendencia: por alcanzar lo que hay más allá del mundo manifiesto. Si la propensión a las creencias religiosas es inherente a nuestra especie, razonaron los estudiosos, entonces debe haber de ser producto de la evolución humana. Debe poseer alguna ventaja adaptativa. De lo contrario, no habría ningún motivo para la existencia de la religión.
Las teorías -racionalistas- lo que tienen en común -teorías en apariencias sensatas y aceptadas sobre los orígenes del impulso religioso- es que se centran en qué hace la religión más que en su origen, en cómo surgió y por qué. A pesar de todo lo que creemos saber, los datos de que disponemos demuestran que la religión no hace buenas o malas a las personas. No controla de manera natural el comportamiento ni fomenta la cooperación en la sociedad. No promueve el altruismo con mayor o menor efectividad que cualquier otro mecanismo social. No es más ni menos potente a la hora de crear y promover comportamientos morales. No impulsa intrínsecamente la cooperación en la sociedad. No supone una ventaja añadida sobre los grupos rivales. No siempre serena el ánimo ni consuela el alma. No disminuye por sí sola la ansiedad ni mejora el éxito reproductivo. No promueve la supervivencia de los más aptos.
Por citar al antropólogo Scott Atran, la religión es <<materialmente costosa, siempre contraria a la realidad e incluso al sentido común. Esto es así porque exige sacrificios materiales (como mínimo, el tiempo que se dedica a la oración), desgaste emocional (al suscitar temores y esperanzas) y esfuerzos cognitivos (para mantener redes de creencias basadas tanto en la realidad como contrarias a la misma)>>. Por eso, concluye Paul Bloom, <<las creencias religiosas no son un ejemplo adecuado de adaptación biológica>>.

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