lunes, 7 de diciembre de 2020

LA CARA EN EL ÁRBOL I



El día de Eva comienza temprano, mucho más que el de Adán. Antes de que salga el sol y el sotobosque se inunde de luz, despertará a sus hijos y los conducirá a la espesura para revisar las trampas que preparó la noche anterior. Mientras los niños trepan a los árboles para recolectar frutas y nueces y cualquier huevo de ave que puedan encontrar en nidos abandonados, Eva recogerá las presas que haya atrapado tras darles el golpe de gracia. Después, la familia se meterá hasta las rodillas en un río cercano en busca de cangrejos y moluscos y cualquier otra cosa comestible que puedan encontrar en el agua. Puede que tengan suerte y den con un animal muerto, con el cadáver en estado de descomposición y devorado en parte por las aves de rapiña. No importa. Recogerán sus huesos, los romperán y extraerán el tuétano para llevarlo al campamento.

De esta manera, Eva y sus hijos proporcionan la mayor parte de la comida de la familia. Adán puede tardar una semana en atrapar un bisonte, mientras que ella consigue llevar a casa la misma cantidad de alimentos cada pocos días. Al fin y al cabo, un kilo de nueces contiene las mismas grasas y proteínas que uno de carne, y las nueces no se defienden. Nuestros antepasados paleolíticos eran sobre todo cazadores, pero lo que mantenía con vida era recolectara comida, y ese era principalmente el cometido de mujeres y niños.

Ahora imaginemos que cuando Eva, fatigada, emprende con sus hijos el regreso al campamento en la oscuridad de la madrugada, de repente ve por el rabillo del ojo una cara que la observa entre los árboles. Se detiene. Tensa la musculatura. Sus vasos sanguíneos se estrechan. Se acelera su ritmo cardíaco. La adrenalina inunda su cuerpo. Está lista para atacar o huir.

Juego vuelve a mirar y se da cuenta de que lo que creía que era una cara es en realidad un nudo en el tronco de un árbol. Relaja la musculatura. Su ritmo cardíaco se normaliza. Exhala un suspiro y continúa el trayecto por el bosque.


Los expertos en teoría cognitiva tienen un término que define lo que acaba de experimentar Eva. Lo llaman su dispositivo hipersensible de detección de agentes o HADD, por sus siglas en inglés.

HADD

Es un proceso biológico que surgió en nuestro pasado evolutivo más remoto y que se remontaría a la época en que los homínidos aún andaban encorvados y estaban cubiertos de vello. 

El HADD nos permite detectar el agente humano, y por consiguiente toda causa humana, que haya detrás de cualquier fenómeno inexplicado: un sonido distante en el bosque, un destello de luz en el cielo, un jirón de niebla que se desliza por el suelo. El HADD explica por qué creemos que todos los ruidos que oímos de noche los hace otro ser humano.

Nuestra predisposición innata a atribuir a la intervención humana los fenómenos naturales puede tener claras ventajas evolutivas. ¿Y si lo que Eva vio no hubiera sido un árbol? ¿Qué habría pasado de haber sido un oso? ¿No es mejor pecar de precavido? No nos hace ningún daño que tomemos un árbol por un depredador, pero sí nos lo haría tomar un depredador por un árbol. Más vale equivocarse que ser devorado.

El HADD favorece la supervivencia de Eva. 

Para un grupo de científicos cognitivos que estudian la religión, lo que Eva experimentó en la penumbra del bosque es algo más que una reacción involuntaria a una posible amenaza: es la base de nuestra creencia en Dios, el verdadero origen evolutivo del impulso religioso.

La ciencia cognitiva de la religión comienza con una premisa simple: la religión es ante todo un fenómeno neurológico, depende en última instancia de reacciones electroquímicas complejas en el cerebro. Pero conocer el mecanismo neuronal que lo activa no menoscaba la legitimidad de la creencia religiosa. 


Señala Michael J. Murray <<el mero hecho de tener creencias que surjan de herramientas mentales fruto de la selección natural es, por sí solo, del todo irrelevante como justificación de estas creencias>>.

Sin embargo, si es cierto que la religión es un fenómeno neurológico, deberíamos buscar el origen del impulso religioso en el lugar donde reside: en el cerebro.

martes, 1 de diciembre de 2020

EL SEÑOR DE LAS BESTIAS III

El debate científico sobre los orígenes de la religión comenzó en serio en el siglo XX. La indagación se nutría del convencimiento, surgido tras la Ilustración, de que todas las preguntas, incluso las relativas a lo divino, podían responderse mediante el análisis razonado y el escrutinio científico. Era la época de Charles Darwin y su teoría de la evolución. Conceptos tales como <<selección natural>> y <<supervivencia del más apto>> -la idea de que ciertos rasgos adaptativos pueden proporcionar a los organismos que los poseen más oportunidades de sobrevivir en su hábitat y, por lo tanto, de transmitir dichos rasgos a sus descendientes- gozaban ya de gran aceptación en el campo de la biología y cada vez se usaban más para explicar el comportamiento económico y político (a veces con consecuencias devastadoras). ¿Por qué no, pues, recurrir a Darwin para explicar la religión?

Darwin. Evolución.


Lo que sigue siendo innegable es que las creencias religiosas están tan extendidas que deben considerarse parte elemental de la experiencia humana. Somos Homos religiosus, no porque deseemos credos o instituciones religiosas, ni por nuestra devoción a divinidades y teologías concretas, sino por nuestro afán existencial de trascendencia: por alcanzar lo que hay más allá del mundo manifiesto. Si la propensión a las creencias religiosas es inherente a nuestra especie, razonaron los estudiosos, entonces debe haber de ser producto de la evolución humana. Debe poseer alguna ventaja adaptativa. De lo contrario, no habría ningún motivo para la existencia de la religión.

ORIGEN DE LA RELIGIÓN.

Las teorías -racionalistas- lo que tienen en común -teorías en apariencias sensatas y aceptadas sobre los orígenes del impulso religioso- es que se centran en qué hace la religión más que en su origen, en cómo surgió y por qué. A pesar de todo lo que creemos saber, los datos de que disponemos demuestran que la religión no hace buenas o malas a las personas. No controla de manera natural el comportamiento ni fomenta la cooperación en la sociedad. No promueve el altruismo con mayor o menor efectividad que cualquier otro mecanismo social. No es más ni menos potente a la hora de crear y promover comportamientos morales. No impulsa intrínsecamente la cooperación en la sociedad. No supone una ventaja añadida sobre los grupos rivales. No siempre serena el ánimo ni consuela el alma. No disminuye por sí sola la ansiedad ni mejora el éxito reproductivo. No promueve la supervivencia de los más aptos.

Scott Atran.


Por citar al antropólogo Scott Atran, la religión es <<materialmente costosa, siempre contraria a la realidad e incluso al sentido común. Esto es así porque exige sacrificios materiales (como mínimo, el tiempo que se dedica a la oración), desgaste emocional (al suscitar temores y esperanzas) y esfuerzos cognitivos (para mantener redes de creencias basadas tanto en la realidad como contrarias a la misma)>>. Por eso, concluye Paul Bloom, <<las creencias religiosas no son un ejemplo adecuado de adaptación biológica>>.

Paul Bloom

Pero si eso es cierto, si el impulso religioso no supone una ventaja adaptativa y, por lo tanto, no hay una razón evolutiva directa para que exista, ¿por qué surgió la religión? ¿Qué despertó el animismo de nuestros antepasados remotos, su creencia primigenia en que ellos mismos eran almas encarnadas? Si el impulso religioso de Adán no es el producto de sus temores ni de su búsqueda de sentido, si no está ligado a su entorno o su angustia, si no desempeña un papel significativo a la hora de adaptarse para sobrevivir, ¿cómo es posible que sea un rasgo evolutivo?

La respuesta, al parecer, es que no lo es. En este punto, al menos, está de acuerdo una nueva generación de académicos que en las últimas décadas han comenzado a abordar el problema de los orígenes de la religión desde un punto de vista claramente cognitivo. Ante el enigma evolutivo que es la universalidad de las creencias sobrenaturales, estos científicos han encontrado una respuesta innovadora. La religión, dicen, no es una adaptación evolutiva; la religión es el subproducto accidental de alguna otra adaptación evolutiva anterior.

ADÁN Y EVA EN EL EDÉN.

LA CARA EN EL ÁRBOL I

El día de Eva comienza temprano, mucho más que el de Adán. Antes de que salga el sol y el sotobosque se inunde de luz, despertará a sus hijo...